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CCCCH

Comité Canadiense para Combatir los Crímenes Contra la Humanidad

 

 

 

 

La columna de Heráclito

Filosofía y Arte
Medio interactivo de pensamiento y estética

La muerte de la historia *

Escribe Eduardo Dermardirossian

 

Las expresiones tardías del pensamiento liberal postulan la muerte de aquellas ideologías que no casan con sus proposiciones. Y no sólo hablan de la muerte de las ideologías. Sugieren que la historia ha llevado al hombre al punto cúlmine de su evolución política y económica, y que, entonces,  ningún cambio sustantivo puede sobrevenir en el futuro: éste, dicen, es el fin de la historia. También de la cultura, en cuanto el hombre habría alcanzado una tal comprensión de la realidad que ya no precisa cambiar sus patrones de conducta. De la mismísima muerte de Dios han hablado algunos, y tal como si en efecto hubiera muerto, proceden muchos. Finalmente, no faltan quienes proclaman que los modernos hallazgos de la ciencia, tales como los que ahora está mostrando la biogenética, pronto pondrán fin a los males del hombre, a los físicos y a los espirituales, de suerte que, carente ya de inspiración y de espíritus traviesos, morirá también la creación artística.

Menos mal, estos predicadores del Edén moderno no han anunciado todavía la muerte del hombre como especie que puebla de pié la superficie del planeta.

Mi propósito de ahora es ocuparme de la predicada muerte de la historia.

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Para ese fin tomaré dos tiempos recientes en la historia del hombre. El tiempo en que se enunciaron y desarrollaron las doctrinas del capitalismo resultante de la revolución industrial, y el tiempo del socialismo producto de las desigualdades que generó el capitalismo. Los siglos XVIII y XIX acunaron a estos hijos de la evolución política y económica de la Europa de entonces, nutrida con los productos primarios y las esperanzas arribadas desde las nuevas tierras de América.

No es necesario aquí explicar cómo el advenimiento de la máquina y las nuevas técnicas de producción generaron el triple fenómeno de concentrar riquezas en pocas manos, de mercar con la fuerza del trabajo humano alumbrando así al proletariado urbano, y dando nacimiento a una conciencia clasista y contestataria. Este asunto ha sido sobradamente examinado por autores de toda laya y color, con más o menos apasionamiento, y aún es objeto de examen cesudo por intelectuales que procuran tomar distancia de los sectores contendientes. Es necesario, sin embargo, decir que el liberalismo económico y el socialismo en sus diversas expresiones –el materialismo dialéctico en particular- son las formulaciones doctrinarias que dieron, cada una por separado, el mayor sustento ideológico a sus respectivas postulaciones. El afán de lucro y las condiciones objetivas de un mercado autorregulado ocuparon el altar de los liberales, adalides de la revolución industrial, y la confrontación clasista y su particular teoría del valor fueron artículo de fe para los que anunciaban una síntesis superadora que se plasmaría en una sociedad igualitaria.

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Importa señalar que así el liberalismo capitalista como el materialismo dialéctico, no concebían la historia humana sino motorizada por ciertas condiciones objetivas que, proclamaban, eran necesarias  e insustituibles. Si para ti esas condiciones eran las del juego libre e ineluctable del mercado, expresadas en términos de oferta y demanda, entonces habitabas la casa de los liberales y el capitalismo era tu herramienta para insertarte en la sociedad, sea como oferente o demandante, como concentrador de medios de producción y de recursos o como fuerza de trabajo que se alquila en el libre mercado. Si, en cambio, habiendo advertido que esa estructura económica y social era madre de injusticias y generadora de conflictos clasistas que podían resolverse mediante la gestión social de los negocios, militabas entonces en el partido de los socialistas, que convocaban a la revolución que conduciría, primero, a la dictadura del proletariado, y, después, a la formación de una sociedad sin clases.

Dos altares mostraba la historia y cada uno de ellos tenía sus obradores, su feligresía, sus arquitectos y, siempre, sus soldados.

El afán de lucro era el gran motor de las sociedades liberal-capitalistas, y la solidaridad social lo era el de las sociedades comunistas que gobernaron una parte no desdeñable del mundo desde la segunda década del siglo que nos ha abandonado. Bajo la superestructura de una discusión filosófica de esta clase, el pasado siglo vio confrontarse dos modos de apropiarse de las riquezas regaladas por la naturaleza y también de las producidas por el hombre.

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Quiero volver sobre el liberalismo y el socialismo como las dos grandes sistematizaciones que realizó el hombre en la historia. O, cuando menos, las que aún nos acucian, quizás a causa de su proximidad en el tiempo.

Dejar hacer, dejar pasar fue el paradigma del liberalismo que exaltó la libertad del individuo a categorías nunca antes alcanzadas. En su tránsito por la historia el hombre no había conocido tamaña licencia para obrar sobre la naturaleza, sobre los otros hombres y también sobre esa creación suya que no tiene parangón entre sus otras invenciones: el dinero. Sólo escaparon a la regla del dejar hacer aquellos bienes que por su cuantía ilimitada no eran susceptibles de apropiación. Los demás, todos los demás bienes, fueron objeto de apropiación privada y de acumulación sin límites. Aún los que se degradan por el mero transcurso del tiempo fueron acopiados, mediante la apropiación de su valor representado en dinero. Tú y yo teníamos igual derecho natural y legal para adueñarnos de las cosas, del trabajo, del dinero. He aquí el concepto de igualdad en el pensamiento liberal. He aquí el sentido del capitalismo. Y las diferencias de oportunidades, de cualidades o de fortuna que distinguían a unos hombres de otros, eran parte del orden natural. Querido por Dios o por el azaroso e ingobernable acontecer. Así, entonces, eran legítimas y justas las diferencias habidas entre unos pocos que pueden y otros muchos que carecen.

Lucha de clases llamaron los socialistas que se pretendieron científicos desde mediados del siglo XIX a esta situación generada por la estructura liberal de la sociedad. Lucha en la que unos pocos se apropiaron de una porción del valor de las cosas, fundamentalmente del trabajo humano, y así acumularon recursos que luego les permitieron reconcentrar más y más riquezas, hasta controlar los medios de producción y apropiarse de la tierra. La plusvalía del trabajo humano fue, así, la herramienta que sirvió al detentador de los medios de producción para erigirse en clase dominante. Una sociedad tal, apoyada sobre el despojo de una clase por otra, no podía menos que generar conflictos, llamados lucha de clases y definidos como motor de la historia, que necesariamente conducirían, primero, a la dictadura de los despojados por un golpe de mano inevitable, justo e histórico, y, luego, al gobierno final de una sociedad sin clases. He aquí, nuevamente, el fin de la historia.

Total: que así el liberalismo como el socialismo científico o comunismo, postulan que sus respectivas formulaciones y prospecciones implican el fin de la historia. De la historia en cuanto mutación incesante de las sociedades humanas. Uno y otro son dogmáticos.

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Los acontecimientos habidos durante la segunda mitad del siglo pasado han puesto a esos dogmas sobre un tembladeral. Ciertamente, el capitalismo ha demostrado su eficacia como herramienta para la producción. Pero, a un tiempo, también ha mostrado su incapacidad para servir al conjunto de la sociedad. Ha mostrado lo más crudo de sus contradicciones al generar, por un lado, ingentes riquezas, pero, por el otro, innúmeros pobres. Ha transferido el control de los medios y del poder del sector de la producción al de la especulación, con todo lo que ello implica a la hora de distribuir el producto del trabajo humano. Ha creado un metalenguaje que en nuestros días muda falsedades en verdades y viceversa, con severa lesión para la democracia real a la que aspiran los hombres.

El socialismo, por su parte, ha dado sobradas pruebas de que es capaz de dirimir los conflictos entre los hombres, asignándole a cada quien lo que le es debido para transitar su vida sin carencias severas. Pero no ha podido abandonar la dictadura del proletariado y, entonces, la concentración del poder en un superestado generador de burocracia. Burocracia que, en definitiva, controló los medios de producción y el trabajo humano, con la consiguiente ineficiencia y corruptela que había de llevar a esos países a la deserción de sus objetivos históricos. También a resultar perdidosos en la confrontación económica con sus contendores.

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Liberalismo y socialismo incurrieron en el pecado común de creer que uno y otro eran los sistemas finales con que de ahora en más se gobernarían las sociedades humanas. Desde Heráclito hasta Hegel, y también el pensamiento religioso de las civilizaciones de oriente, miraron la vida individual y social como un devenir controversial, como una confrontación de pasiones y de intereses. Y siempre que en la historia alguien, algún imperio o sector social creyó que su sitio era definitivo, se equivocó. Los socialistas proclamaron que la historia arribaría por fin a una sociedad sin clases y, por eso, a una sociedad sin Estado. Los liberales anuncian el fin de la historia y se erigen en patrones del mundo. Ninguno de ellos es consecuente con su creencia -subrepticia en el caso del pensamiento liberal y anunciada el caso del socialista- de que la historia, siendo un sesgo de la evolución, no puede menos que confrontar opósitos, sin que nunca, pero nunca, encuentre fin el conflicto. Porque el conflicto es de la naturaleza humana y, por eso, esencial a la evolución social. Aquello a lo que, precisamente, llamamos historia. El conflicto social durará tanto como el hombre sobre el paneta, perdurará a lo largo de los tiempos como simiente de nuevas formas de relacionamiento social.

Pregunto: si esto no fuera sí ¿qué justificación tendría el Estado?

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Es mi parecer que este tiempo reclama formas de vida que propicien la solidaridad social como sistema. Que extiendan los beneficios logrados por los sistemas productivos modernos a la humanidad en su conjunto. Con sus más y con sus menos. Que conjuren los peligros que se ciernen sobre la humanidad, tales como el advenimiento de estados gendarmes, las hambrunas y epidemias ingobernables, la apropiación con fines de lucro de recursos imprescindibles para los hombres (ahora se marcha hacia la privatización de los recursos acuíferos, nada menos), la alfabetización y educación por medios modernos y de bajos costes, la generación de empleos. Y más, muchas más urgencias que el mundo padece todavía. No hay otro modo de conjurar la violencia en el mundo sino poniendo fin a esta otra clase de violencia que mata y sumerge en la desdicha y en la desesperanza a millares de millones de hombres. Hoy, cuando los recursos per cápita son mayores que en cualquier otro tiempo de la historia humana.

También es mi parecer que la guerra contra el terrorismo ha de acometerse por estos medios y no con la soberbia de las armas y del dinero.

 

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